13 de març del 2009

Lecturas


El camino que nos alejaba de la aguda tensión psicológica de los últimos días en el campo no estaba exento de obstáculos.
(...)
Ya libres, consideraban que estaban en su derecho de usar la libertad de una manera licenciosa y arbitraria, sin sujetarse a ninguna norma. Lo único que cambió para ellos es que pasaron de oprimidos a opresores. Se convirtieron en instigadores, ya no víctimas, de la violencia y la injusticia. Disculpaban su comportamiento como la justa satisfacción ante sus terribles y dramáticos sufrimientos, y extendian su proceder hasta las situaciones más inofensivas.
En una ocasión paseaba con un amigo camino del campo de concentración. Casi sin darnos cuenta llegamos a un prado de espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero mi amigo me agarró del brazo y me arrastró hacia el sembrado. Intenté balbucir algo así como no tronchar las tiernas espigas. Él se enfadó conmigo, me miró airado y me gritó:
<< ¡¡No me digas!! ¿No nos han pisado bastante a nosotros? Mataron a mi mujer y a mi hijo en la cámara de gas -por no mencionar todo lo demás-, y tu me vas a prohibir destrozar unas pocas espigas de trigo...>>.

Costaba tiempo y paciencia reconducir a esos hombres a aceptar la verdad lisa y llana de que a nadie le está permitido hacer el mal, ni aún cuando la injusticia se hubiese cebado con él.

El hombre en busca de sentido.
Viktor Frankl

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